Cartas oceánicas

Solera

Los buenos torneos de Copa fortalecen los grandes campeonatos de Liga. Las Copas, que han existido mucho antes incluso que las Ligas, fueron fundadas en el amateurismo y representaron el primer gran salto del futbol al profesionalismo. Son el origen de un juego que empezaba a organizarse a partir de barrios, núcleos urbanos y zonas geográficas. Su prestigio, como en Inglaterra donde mantiene un alto valor deportivo y unificador, consiste en repartir tradición, generar oportunidades de crecimiento a equipos menores y enfrentar a los mayores con sus raíces: es seria, obligatoria y redentora. Un buen torneo de Copa es capaz de empequeñecer a los grandes y engrandecer a los pequeños. Ahí está su espíritu, en competir a cara de perro en mitad de semana. Solía decirse que había equipos “coperos” y equipos de campeonato. Los coperos, clubes cancheros, sencillos, con enorme personalidad y valentía, levantaron soberbias dinastías dominando un futbol casi clandestino que atravesaba las Ligas por el medio. Nacidos para incordiar a los clubes poderosos, lograron meterse en la historia del futbol arrebatándoles títulos con nocturnidad. Porque las Copas por excelencia, están hechas de noche, huyen del domingo, viajan en camión, pertenecen al interior. Crean afición, ofrecen moral y construyen plazas legendarias. En México, donde se ha rescatado con muy buena intención este torneo, siguen existiendo clubes y sobre todo entrenadores, que no han sabido reconocer el valor original que ofrece el sabio trofeo de Copa. Renuncian al torneo para poder competir por el campeonato, al final, terminan en el mismo sitio, sin ningún título, sin saber competir. Hoy que Chivas y León se juegan una Copa, el viejo torneo recupera solera. 

 

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