Cartas oceánicas

Sociedad anónima

Los nacionalismos siguen encontrando en el futbol un ambiente propicio para cultivar ideologías y activar seguidores. La inofensiva apariencia de un juego que disfraza equipos de naciones, futbolistas de patriotas y abandera aficionados por legiones, se vuelve amenazante cuando se confunde a las selecciones nacionales con defensores del pueblo. No hay peor fanatismo que elevar un equipo de futbol al nivel de la Patria, ni Patria más triste que aquella que necesita un equipo de futbol para unir a su gente. En las primeras noches de Eurocopa, volvieron las pesadillas que aterrorizaron durante años a los gobiernos de media Europa: grupos de salvajes alcoholizados, embrutecidos y uniformados como un país, atacando a otros en las mismas condiciones. A la batalla del Puerto de Marsella entre ingleses y rusos, continuaron brotes de violencia entre alemanes y ucranianos en el centro de Lille. Las Copas de Europa a nivel de clubes y selecciones, fueron fundadas y organizadas con una clara intención de cordialidad. El futbol funcionó como elemento pacificador de un continente dividido, adolorido y asustado por el recuerdo de la gran guerra. Pero no hay que ir tan lejos para comprobar el preocupante incremento de violencia alrededor del juego. Basta con asomarse a las redes sociales durante un partido de cualquier tipo, club, torneo o país, para encontrar declaraciones de odio, intenciones criminales, manifestaciones racistas y amenazas dirigidas a quienes comulguen con otra forma de ver, disfrutar e interpretar un juego sin nacionalidad ni camiseta. El futbol ha dejado de ser un fenómeno social, para convertirse en un sistema de defensa, exaltación e identificación territorial de una sociedad anónima.  

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