Cartas oceánicas

Sochi, invierno absoluto

Fe, este es el sector de mercado al que pertenece el Comité Olímpico Internacional. Así se explica la riqueza que alcanzan los Juegos Olímpicos alquilando tres productos gratuitos: Espíritu, Movimiento y Fuego. Conceptos atmosféricos, capaces de crear un ambiente del que líderes, naciones, compañías y medios quieren formar parte. Diría que el negocio del COI se resume a la concesión de franquicias alrededor del mundo rico. Su rentabilidad depende de acertar con la sede, encontrar un régimen que los necesite. Luego existen cuatro partidas auditables de ingreso: televisión, patrocinio, licensing y ticketing para sus dos grandes sucursales, JJOO de invierno y verano. Pero esta derrama comercial, casi $2 mil millones de dólares en el último ejercicio Londres 2012, es imperceptible si comparamos la derrama económica del COI con la ciudad sede en términos políticos. Infraestructura, inversión, transporte, turismo, desarrollo y programas con aparente impacto social: $35 mil millones en el caso de Sochi. Ser funcionario de una sede olímpica significa cumplir con ciertas normas de etiqueta y urbanismo. El posicionamiento internacional que ofrece a estos gobiernos no tiene precio a nivel político frente al mundo. Esa operación no asentada en libros es realmente el gran músculo del COI. Sin que haya podido demostrarse, intentos han sobrado, que facture por decidirse entre una ciudad u otra. El COI, como las instituciones más antiguas, trafica con la fe. Ofrece perdón, salvación y en momentos sociales comprometidos internacionalmente también señala, juzga y condena. Obtener el visto bueno del COI es tan importante como el respaldo de la ONU. Putin, con su necesidad de aceptación en un invierno absolutista, confirma la regla.   

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