Cartas oceánicas

Simone Biles cambia la mirada

La historia moderna del olimpismo tiene una relación íntima con la gimnasia, un deporte que a través de la televisión logró acercar todo tipo de público a los Juegos. Equipada de una gracia y belleza artística incomparable, la gimnasia olímpica agregaba a su encanto un dramático componente humano: tras el rostro de aquellas niñas nacidas bajo la cortina de acero, se escondía una vida melancólica que cautivaba al mundo con su mirada. Ningunos ojos como los de Nadia, firmes y resignados, explicaban mejor el tormentoso camino que había de seguir una gimnasta hasta convertirse en instrumento de regímenes como el rumano. Era difícil creer que una niña tan frágil, inocente y delicada, representara los horrores de una brutal dictadura. La leyenda cuenta que la Rumania de Ceaucescu pagaba a Nadia con muñecas para despertar esa sonrisa pálida dibujada con misterio. Reclutada a los seis años, la herencia que Comaneci dejó en los Juegos como símbolo de perfección, tuvo un sacrificio extraordinario: a los catorce ya era una mujer madura a la que habían prohibido llorar. Pocos deportes como la gimnasia han sufrido un cambio tan profundo de expresión: del comunismo al capitalismo; de la danza clásica a la explosividad; y de las muñecas de Nadia, a las zapatillas de Nike. Cuando Simone Biles complete su maravilla en Río, intentaremos sepultar la nostálgica figura de Comaneci en el romanticismo de los Juegos. La norteamericana que ayer ganó su primera medalla olímpica de las cinco que pueden convertirla en una leyenda de 19 años, pertenece a una era en la que este deporte mira la fuerza antes que la emotividad. Los triunfos de Biles, poderosa y prodigiosa; harán más sensible el recuerdo de Nadia: milagrosa.   

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