Cartas oceánicas

Sergio Pérez, el domador

Pilotar un Fórmula Uno en tiempos tan sistemáticos es un ejercicio de paciencia, las grandes diferencias entre escuderías, convierten a la mayoría de los pilotos en ganadores solitarios. Sus triunfos diarios en el taller, son imperceptibles entre el público que necesita ver medallas para festejar en la pista. Mejorar el rendimiento, elevar las prestaciones y entregarse por completo al desempeño del motor, hacen de los deportistas encapsulados en una máquina del tiempo, auténticos viajeros sin destino. Nunca se sabe dónde llegará la victoria visible, espumosa, embriagante y bien retratada. Esa que permite al piloto calzado en una armadura de batalla, ponerle cara y personalidad al aparato, humanizando así, la más mecánica de las competencias. Sergio Pérez es un deportista antes que una pieza propulsora. Tiene casta, espíritu de combate, muñecas educadas y un carácter endiablado. Su talento, sin embargo, vive preso en un carruaje que a veces jala y otras, hay que empujarlo al límite de su complicada ingeniería. Con frecuencia olvidamos que los pilotos son grandes atletas. Aunque cada vez dependen más de los detalles técnicos, manejan el instinto de supervivencia como pocos: se la juegan. Pérez huye de los automatismos de la Fórmula Uno, es un rebelde que supo reconducir sus impulsos domesticando a la fiera que tripula. Por primera vez en mucho tiempo el piloto mexicano manda sobre su máquina: ha domado mil caballos de fuerza con dos manos, una idea y mucha perseverancia. Va tendido rumbo a Austin y con suerte, llegará a punto y triunfal a la Ciudad de México. Su trayectoria, mal juzgada, no tiene que ver con la mansedumbre de sus coches, sino con la bravura de su raza: es un auténtico piloto de carreras. 

 

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