Cartas oceánicas

Sentir la vida con guantes

Joven, apuesto y millonario, Victor Valdés ocupaba un lugar privilegiado en los campos de futbol y las pasarelas de moda: era el portero del FC Barcelona. Pieza fundamental en los éxitos de aquel equipo idílico, se volvió un imán publicitario, un éxito bajo los palos y un atractivo para las fans. Tenía todo lo que cualquier muchacho sueña antes de levantarse para estudiar o trabajar: fama, fortuna, un exuberante club de admiradoras, unos guantes y un balón. Pero Valdés, buen profesional, como muchos otros deportistas de nuestra época no alcanzaba a distinguir entre su vida, una vida llena de regalías, y la vida de los demás, una vida llena de preocupaciones. No jugaba por dinero, tenía suficiente, no jugaba por gloria, lo había ganado todo y no jugaba por popularidad, la tribuna lo aclamaba. Un día este magnífico portero se dio cuenta que no sabía por qué jugaba al futbol. Nada le llenaba. Provocó una salida del Barça y aunque le insistieron en quedarse, casi hasta el ruego, estaba decidido a buscar otro lugar más grande donde vivir su vida. La temporada en que se marcha y a las puertas de un Mundial al que apuntaba como titular, se desmorona. El portero con la pierna hecha polvo se hunde en su área chica. El sitio del que quería escapar, ahora no parecía tan pequeño. Valdés descubre durante su convalecencia que el área chica del Camp Nou en realidad era inmensa: se necesitaba un gran portero para poder cubrirla y se da cuenta que ese, había sido él. Ahora camina por la calle, paga al subir al tranvía, sabe lo que cuesta un café y en su declaración más reveladora, confiesa que ha experimentado por primera vez lo que se siente tocar unas monedas con la mano. Valdés siempre había sentido la vida con guantes. 

 

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