Cartas oceánicas

Schumacher, el pura sangre

No es un Ferrari ni un Mercedes lo que está matando a Michael Schumacher sino la pasión por el riesgo y la velocidad. Los pilotos como él, intrépidos, tan al límite, son unos enamorados de la muerte, esa novia fría que les acompaña durante toda su carrera y al final los abandona o los conquista para siempre. Adicto a la adrenalina, Schumacher conducía cualquier cosa que desafiara la gravedad, era su modus vivendi, todo lo contrario a quien prefiere mantener los pies en la tierra, lo suyo es despegar, volar.

No es otro atleta el que ha pasado la noche en coma. Se trata del piloto más grande de la historia. Con 7 campeonatos mundiales al volante, 68 Grandes Premios y 155 pole positions Schumacher salió ileso de todas las pistas, condujo entre la lluvia, los desiertos, las montañas y rebasó a Senna antes de morir. Detrás suyo vienen Fangio, Prost, Vettel, Lauda, Stewart, Fitipaldi, Alonso o Piquet, todos ellos acostumbrados a ver pasar la vida por el carril de al lado. Retirado y sin nadie a quien vencer, se refugió en el vértigo que parecía mantenerlo en competencia, buscó en la nieve como tantas veces un precipicio para darle sentido a su vida y lo encontró.

No hay forma de explicar lo que sienten estos hombres a los que solo el peligro mantiene sanos. La raza de un piloto pura sangre se entiende desde el miedo que al resto nos atenaza. A veces olvidamos que el automovilismo deportivo sigue siendo una frenética carrera contra la muerte, Schumacher la venció tantas veces que se había vuelto inmortal. Por eso su accidente es tan impactante, tan insólito, tan inesperado. Durante las próximas horas veremos si el campeón decide frenar o es capaz de acelerar, lo único que le dé la vida, también se la quita.  

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