Cartas oceánicas

"Room service"

Empachados, envinados y envueltos con el satinado albornoz del directivo, 16 miembros de FIFA se fueron a dormir. A la mañana siguiente, votarían un paquete de reformas que, entre varias cosas, proponían controles de integridad, revisión de patrimonios y mecanismos de transparencia sobre cualquiera de los integrantes. Su cinismo llegaba a tal grado, que estuvieron a punto de votar estas propuestas sabiendo que podrían seguir violándolas. Antes de la votación, fueron detenidos. Misma hora, mismo operativo, mismo hotel: el célebre Baur au Lac, room service del FBI. Horas después, FIFA aprobó las reformas que por otro lado, no son de gran calado. Redujo el número de sus comités, la mayoría creados para conspirar. Aumentó el número de miembros independientes evitando cotos de poder. Limitó el tiempo de mandato presidencial que solía ser dinástico y promovió con timidez, la participación de la mujer en altos cargos directivos. Nada que cualquier empresa moderna y confiable, no tuviera en sus estatutos. La única de las reformas aprobadas que en realidad puede cambiar el rumbo de FIFA es la que dividirá la autoridad de la organización en dos partes: el presidente y el secretario general. La figura del secretario, operativa, administrativa y ejecutiva, tiene nombre: Gianni Infantino; un cerebro financiero apoyado por la UEFA que desarrolla con justicia el negocio. La figura del presidente, vacante, no tiene nombre, ni se encuentra dentro del futbol. A pesar de estar cerradas las listas para las elecciones de febrero, esta reforma abre la posibilidad para que FIFA busque en el mundo a su fiscal de acero, su alto comisionado o su líder moral, que con la aprobación internacional, purifique el organismo.

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