Cartas oceánicas

Reencarnación

Pelé fue el único que nunca se sentó en la banca, ni como jugador. Le resultaba incómoda porque representaba la parte secular del futbol y Pelé, ante todo, era un jugador dogmático. No había razón para convertirse en entrenador de futbol porque él era el futbol, así que Pelé mantuvo su lugar. Maradona en cambio decidió experimentar, estupendo charlista, interpretaba con precisión el juego de otros pero nunca pudo explicar el suyo: un milagro. La gente quería que sus equipos fueran maradonianos, imposible, ni siquiera Maradona podía reinventar a Maradona. El caso Di Stéfano fue distinto, se volvió entrenador porque sabía demasiado. Aburrido de hablar de futbol consigo mismo, alquiló su sabiduría en la banca del Valencia, meció con brazo paternal la cantera de Real Madrid, apadrinó algunas Quintas, hizo campeón a River y Boca y terminó su carrera con discreción. El entrenador Alfredo Di Stéfano nunca pudo dirigir un futbolista como Alfredo Di Stéfano. Beckenbauer, campeón del mundo como jugador y entrenador, extendió su liderazgo cincuenta años dividiendo el futbol alemán en tres épocas: antes de Beckenbauer, durante Beckenbauer y después de Beckenbauer. Con Cruyff sucedió lo mismo, pero su trayectoria agrega un dato inigualable en la historia del futbol: la revolución que lideró como jugador, fue tan importante como la que encabezó siendo entrenador. Ningún hombre ha participado tanto en el juego como Johan Cruyff. A Platini también le sedujo la inmortalidad del jugador-entrenador y dirigió a Francia sin poder superar la melancolía del ex futbolista, era demasiado técnico para dirigir como jugaba. Así llegamos hasta Zidane, el séptimo de los magníficos que buscará reencarnarse sentado en la banca, difícil. 

 

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