Cartas oceánicas

Profesional olímpico

Tras el boicot estadunidense a Moscú 1980, y el ruso a Los Ángeles 1984, el olimpismo encontró una encrucijada: los medios necesitaban incentivos para volver a invertir en un movimiento detenido. El deporte profesional había desarrollado un amplio mercado que arrasaba con el interés comercial en los Juegos. Los grandes deportistas, famosos y ricos, tenían prohibido asistir al evento que representaba a la humanidad. Los Juegos Olímpicos dividían el deporte en dos grupos: atletas pobres y atletas millonarios. Ganar dinero era mal visto, traicionaba los valores del olimpismo decimononónico que dependía del amateurismo y su apostólica vocación participativa. Grandes disciplinas olímpicas como el futbol, baloncesto, voleibol, tenis y ciclismo, prescindían de las figuras que daban entidad a sus competiciones. Hasta que el COI permitió la participación de profesionales y los Juegos, cobraron otra dimensión; incluso disciplinas como gimnasia, atletismo y natación, donde un simple logotipo en el uniforme era tomado como desacato a la Carta Olímpica, cambiaron. El mayor ejemplo de profesionalización fue el célebre Dream Team. Encabezado por Jordan, Johnson y Bird, dieron un tremendo giro comercial a los Juegos en Barcelona 1992. Antes, el tenis había dado el primer paso con la participación de sus mejores jugadores en Seúl 1988. Aquel año de Steffi Graf ganando los cuatro Grand Slam y el oro olímpico, detonó la participación definitiva de profesionales en Los Juegos. Entre todos ellos, destaca el espíritu de Nadal, un tipo sin necesidad de oro, volvió a darnos una muestra de limpieza, vocación y entrega: jugó el torneo olímpico de singles y dobles como si de ello dependiera el prestigio profesional de su carrera. 

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