Cartas oceánicas

Primer mexicano nacido en Europa

Todo deportista tiene una temporada clave en su vida. Las decisiones, aprendizaje y temperamento con que asuma ese momento, marcan el resto de su carrera. A Carlos Vela se le ha juzgado siempre como el campeón infantil que fichó por el Arsenal de Wenger, o como el jugador que con un par de güevos, rechazó un Mundial. Dos blanquillos simplones para la crítica. Pero entre ambos puntos hay un lugar donde vale la pena detenerse hasta su retuiteado regreso contra Holanda. Pamplona. Ciudad con un cuadro comarcal. El Osasuna es el típico Club en el que siempre quedaba bien aquella vieja frase futbolera: “Más vale un equipo de hombres que de nombres”. En ese entorno hostil para las figuras, Vela cumplió la mayoría de edad. Llegó con 18 años y embarneció como profesional. No fue el agrícola Sadar, aquel terruño norteño, enfangado y brumoso que a veces deja ver las porterías, el que le dio carácter. Funciona para el relato, pero sería muy romántico pensarlo. Lo que sí curtió el pellejo de Vela, fue la posición que ocupó en 21 partidos como titular dentro de aquel campo. Se nos ha olvidado, pero en 2007 este delantero consagrado, jugó casi toda la campaña como medio por izquierda. Fue otro defensor de los 9 que Osasuna alineaba para evitar el hambre. Eso sí, con mucha juventud para atacar. Con trabajos logró tres goles. Lo que más recuerda Pamplona de aquel muchacho, era su capacidad de sacrificio. En ese equipo ahora perdido en el tiempo, hizo hábito con los códigos del futbolista europeo, un gremio en el que no es sencillo triunfar. Vela es el primer futbolista mexicano nacido en Europa. El valor que tiene su historia, sirve para educar a los que vengan. Jugar en Europa deslumbra, pero hay que joderse para continuar.  

 

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