Cartas oceánicas

Era Zidane

Pocos imaginaron que a mediados de mayo Zinedine Zidane seguiría siendo entrenador en Primera División; muy pocos confiaron en que cumplida esta fecha, el francés sería una de las grandes revelaciones de la temporada; lo que nadie se atrevió a pensar es que Zidane, en su campaña de debut, con apenas experiencia en la dirección de juveniles y recogiendo un equipo en ruinas, llegara con posibilidades hasta la última jornada de Liga y llevara al Real Madrid hasta la final de Champions League. Sin ningún título en el maletín, pero con los dos más importantes en juego, la temporada del francés, futbolista legendario bajo la gabardina de un técnico retraído, es una de las grandes historias del año. Sobre Zidane pesaba un pasado gigantesco: el suyo, el de Real Madrid y el de los últimos treinta años de futbol. Demasiada carga para un hombre que debía levantar un cuadro de mil quilates caminando por una viga de equilibrio. Real Madrid sobreviviría a cualquier fallo de Zidane, lo peor que podía pasarle era una eliminación temprana y otra rechifla universal, para Zidane en cambio, fallar representaba opacar un recuerdo, arrugar la estampa del Panini y regresar a su pedestal con la ayuda de una escalera. El caso explica una de las mayores diferencias en la historia del juego: los equipos de futbol permanecen, los futbolistas en cambio se retiran, envejecen y mueren. Zidane, que se había ganado la inmortalidad como jugador, decidió volver al campo utilizando el cuerpo de un novato entrenador. El hombre que se paró en la banca de Real Madrid parecía Zidane, hablaba como Zidane y miraba como Zidane, pero sin el balón pegado al pie, aquel desconocido corría el riesgo de enterrar a Zidane. Después supimos que era él.

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