Cartas oceánicas

Pie de atleta

El espíritu deportivo en cualquier competencia es una sustancia imposible de observar, está presente, se siente, suele medirse en función del esfuerzo de un atleta o equipo frente a la adversidad, pero verlo, no es común, mucho menos verlo andar. Ayer en la doceava etapa del Tour de Francia, Chris Froome, líder de la competición, fue eso: un espíritu deportivo que abandonaba el cuerpo de un ciclista. En un arranque de bravura, se levantó de una caída impulsado por puro instinto ganador. Froome continuó la etapa a pie durante algunos metros mientras su equipo conseguía otra bicicleta. La imagen del atleta luchando por llegar a la meta rodeado de gente, formará parte de la rica historia del ciclismo. Un deporte ancestral que lleva un tiempo recuperándose de las terribles heridas que el dopaje le produjo. La caída de Froome, provocada por una motocicleta de la organización a la que miles de personas impedían el paso por la carretera, causó conflicto entre los jueces de carrera que terminaron por resolver que el ciclista, aun faltando al reglamento, se mantendría como el líder del Tour. A pesar de las múltiples caídas, accidentes propios de esta competencia, un ciclista no debe separarse jamás de su bicicleta. Incluso puede atravesar la meta caminando, pero en ese caso, tendría hacerlo con la bicicleta a cuestas. Así que Froome, el ciclista sin bicicleta, se arrancó el duro pellejo que cubre la piel de los ciclistas y dejó escapar el espíritu deportivo que todos los atletas, aunque no veamos, llevan dentro. El Tour hizo bien en respetar el tiempo y la calidad de líder a Froome, premió el empeño del deportista que en clara desventaja, siguió adelante como un civil olvidándose que se trataba de un ciclista.