Cartas oceánicas

"Ordem e Progresso"

Todos querían formar parte de su fiesta, Brasil emergía como un gigante que ofrecía jugosas alternativas al mercado estadunidense, asiático o europeo, y nadie desaprovechó la oportunidad de relacionarse con un país en plena ebullición económica; que además de atraer inversión, seducía por sus encantos sociales, culturales y naturales. Era un paraíso dentro de un continente que necesitaba una potencia cercana, impulsora y querida en la región. Para adornar el crecimiento, había que ponerle un par de lazos festivos a tantas variables de desarrollo. Algo que justificara frente a los ojos del mundo, la materialización del milagro brasileño. Y ningún mecanismo de comunicación funciona mejor que el deporte con sus grandes eventos. Hace mucho tiempo que la FIFA y el COI dejaron de elegir sus sedes sin la implicación de componentes políticos. Brasil era perfecto para todos: una nación alegre, enclavada en una zona poco valorada por los organismos internacionales, en aparente prosperidad y con una enorme riqueza deportiva. Al momento de tomar las decisiones que le otorgaron el Mundial de 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016, quedó claro que el futbol y el movimiento olímpico se subían al carro de la promoción. Brasil fue alquilado por la FIFA y el COI, visto de otra forma, las dos franquicias deportivas de mayor impacto colocaron sus banderas al lado de la brasileña: ordem e progresso, ninguna frase definía mejor la coyuntura. El Mundial que sobrevivió a las protestas y la discusión del presupuesto, dejó un ambiente de malestar y déficit que hoy heredan los Juegos de Río. Endeudado, desacelerado y envuelto en escándalos de corrupción, Brasil continúa pagando por las fiestas del deporte que todos disfrutamos. 

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