Cartas oceánicas

Fuego

Ningún movimiento depende tanto de los símbolos como el Olímpico; una sacerdotisa, una docena de vírgenes, la participación del sol, un espejo, una ciudad milenaria, una antorcha, un dios, un mortal y un elemento: fuego. Encender la llama, el más clásico de los eventos deportivos, funciona como mecanismo purificador del COI. La pantomima griega valida la comercialización de medios, patrocinadores, atletas profesionales, agentes, laboratorios clandestinos, gobiernos, políticos y directivos, que se apoderaron de los queridos Juegos Olímpicos convirtiéndolos en un certificado de progreso. Llegados a este punto, las vírgenes, la sacerdotisa, el sol de abril en Olimpia y Zeus, pierden el poder y la virtud. Cada Olimpiada, resulta más difícil defender la pureza del Movimiento. Durante los próximos 105 días la antorcha viajará por uno de los países más queridos en todo el mundo, Brasil, pueblo de enormes fortalezas espirituales y firmes creencias religiosas, se cruzará en el camino con la antorcha y con el negocio; con el portador y los motivos; con el mensajero y la corrupción. El prólogo de Río 2016 pondrá a prueba la paciencia y el amor por los deportes del brasileño, que deberá elegir entre el Movimiento como conflicto o el Movimiento como coalición. La ruta del fuego olímpico será una de las más interesantes de las últimas décadas. Envuelto en una profunda crisis política y social, el país apenas tiene tiempo y ganas para pensar en los Juegos. Sus efectos reanimadores se desvanecen. Por lo tanto el fuego, máximo símbolo del olimpismo, puede reducirse a la más humana de sus capacidades o la más peligrosa de sus facultades: será la cálida lumbre que cobije, o la chispa que termine encendiendo la hoguera.

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