Cartas oceánicas

Necaxa volvió a las azoteas

El regreso del Necaxa a la Primera División celebra el cariño y la paciencia que muchos aficionados -aunque no se vean-, guardan por sus antepasados: un equipo lleno de tradiciones, personajes, oficios, motes y anécdotas, que consiguió dar valor al sabroso futbol metropolitano. A pesar de jugar fuera de la Ciudad de México, Necaxa es uno de los últimos equipos de barrio que nos quedan, es patrimonio cultural de la capital del país. La denominación territorial se utiliza erróneamente, no aplica para cualquiera. Hace falta dividir las colonias, conquistar las vecindades y plantar banderas en las azoteas hasta formar parte de nuestro paisaje urbano.

Por razones de mercado, los últimos años de su vida han transcurrido lejos de casa. Hijo adoptivo del Bajío, encontró en Aguascalientes el apoyo y comprensión que la gran ciudad le negó. Se volvió un club del interior. Nada peor que el exilio para un viejo equipo de futbol al que lloraron abuelos, nietos y vecinos. Herencia de muchas generaciones, perdió el acompañamiento que rodeaba sus partidos del típico folclore chilango: las sirenas, el cielo gris, los edificios, el tendedero, los ambulantes, los nubarrones de verano, el perro callejero en la taquilla, el embotellamiento, el albur ocurrente, el oficinista de corbata, torta y Bonafina; los viernes por la noche, el sábado por la tarde y un domingo a mediodía. La historia de Necaxa nunca dejará de pertenecer al clásico Distrito Federal. Se dice que el futuro del futbol está en su pasado, si es así, le quedan los mejores años de su vida. Representante de un estilo familiar, requería una transfusión de aficionados para que su rica historia no se perdiera: Aguascalientes le salvó la vida a un viejo capitalino.  

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