Cartas oceánicas

Montes, un hombre cualquiera

La reacción de Luis Montes frente al accidente impresiona más que el accidente. Ha sido el más valiente, está entero. Acaba de marcar un golazo, faltan días para su Mundial, el único, y a sus 28 años, quizá el último. Pocos futbolistas de la selección dominaban el futuro como Montes al minuto 32. Tres minutos después, el futbol desviste al jugador convirtiéndolo en civil y tirando al campo el pellejo de futbolista. Este es el drama. Montes que estaba asumiendo el sueño de millones: ser futbolista, ser seleccionado nacional y ser mundialista; vuelve a ser un hombre cualquiera. Aquí es donde la historia lo engrandece. Porque roto como futbolista se reconstruye como persona. Da un ejemplo de carácter durante un momento que parecía insoportable para una mayoría entregada al dios Mundial. Mientras las redes sociales elevaban a trending topic la psicosis colectiva de perderse Brasil 2014, Montes, primero, acepta con entereza lo que según su juicio y fe, es Voluntad divina: “Sólo Dios sabe por qué”. Y termina su mensaje en Twitter con la palabra “ánimo”, para compañeros, familiares y amigos. Momentos después sonríe: “Por cierto qué gol metí jajaja!!!”. Está convirtiendo la peor tragedia del futbolista en la enseñanza más importante de su vida, una herencia que como hijo, esposo y padre, dentro de unos años valdrá más que diez mundiales. Camino al quirófano Montes sigue cruzando la línea entre la vida y el futbol autorretratándose en una camilla con estupendo semblante: “Aburrido en el hospital pero muy optimista!!! Esa morfina jaja”. Su temperamento desmitificó el Mundial, para muchos, lo único en la vida. Recogió la tibia, se amarró el peroné y como un hombre cualquiera, Montes, consoló a su futbolista.  

 

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