Cartas oceánicas

Miguel Herrera, el blanco equivocado

Conocí a Miguel Herrera hace dos meses, nunca había hablado con él. Me pasaron el teléfono de Héctor González Iñárritu, le mandé un WhatsApp y quedamos los tres para tomar un café en el hotel Palace de Madrid. Horas antes, un gol de Chicharito metía al Real Madrid en semifinales de Champions. Habló de eso y la necesidad que tenía, a pesar de aquel gol, de salir de un equipo lleno de figuras. Habló también de los elevados precios que piden en México por jóvenes que interesan en Europa. Para él eso debía cambiar y propuso un modelo muy inteligente entre clubes mexicanos y europeos que impulsaría la llegada de más futbolistas a Ligas importantes. Su gira por Europa fue dura, me consta porque lo vi agotado y porque la mayoría de los europeos, solo cedían jugadores para uno de los dos torneos: Copa América o Copa Oro. No me lo dijo Herrera, cualquiera lo intuye. De todas formas ya tenía sus listas perfiladas, porque su obligación -también esto se intuía-, era evitar riesgos en Copa Oro y buscar un sitio en la inútil Confederaciones donde la televisión tiene un buen negocio. El margen de maniobra de Herrera en Copa América era corto, pero fue parte del show que se montó para vender dos selecciones, una de ellas cansada y poco preparada. Igual que Justino o quien presida la Femexfut, no tienen independencia, trabajan para la televisión y en el caso del técnico, se ha convertido en un gran pararrayos mediático que evita que las descargas lleguen a los culpables. Entre Herrera y Justino, y los verdaderos jefes de esto, hay una cantidad interminable de despachos: producción, programación, mercadotecnia, ventas y hasta comunicación política; para empezar con el organigrama. Ahí es donde la crítica tiene que apuntar.   

 

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