Cartas oceánicas

¿Por qué México juega mal los fáciles y bien los difíciles?

Sentenciada por detractores y abandonada por protectores, duerme la selección nacional. En tierra de nadie y al mismo tiempo de todos, es donde este producto de televisión sin importar la generación de futbolistas, encuentra sitio para volverse equipo. Cuando la selección no pertenece a nadie, ni a los buenos ni a los malos ni a los periodistas ni a los mercaderes, renace. Uno de los grandes misterios del futbol mexicano, jugar mal contra el rival fácil o jugar bien contra el rival difícil, se explica así: en soledad. El futbol en todas sus versiones necesita sospecha o credibilidad. No existe deporte ni deportista, capaz de hundir países o solucionar problemas sociales. Ese efecto lastimoso o balsámico, es una responsabilidad que un grupo de jugadores jamás asume. Pero en México, uno de los pocos mercados donde la selección es patrimonio privado que se vende como público, el compromiso es mayor. Sus futbolistas viven a dos bandas. Trabajan bajo las órdenes de un negocio o superan las ilusiones de un pueblo. Nunca dejan contento a nadie. Compromiso o realidad. Accionistas o aficionados. Detractores o protectores. Periodistas o mercaderes. En los próximos días, este grupo de jóvenes menores de 30 años dirigidos por Miguel Herrera, un hombre de futbol, pero del futbol mexicano, experimentarán esa sensación de aislamiento. El mejor estado para encontrar libertad. Y así, sola, sin latas ni envases, discutida y traicionada, se desenvuelve. Se halla. En momentos difíciles la selección juega sus mejores partidos. Porque nos evita y nos olvida, se une, conspira y se resguarda. Huye de los malos y ahuyenta a los buenos. No escucha porras ni reproches. Se concentra en lo mismo que otros tristes equipos: su soledad.  

 

josefgq@gmail.com