Cartas oceánicas

Messi y Cristiano: el triunfo de los clásicos

De Pichichi (1892), desciende Zarra (1921), al que Messi exhumó con 253 goles en 289 partidos de Liga. En el nombre del padre, del hijo y del espíritu vasco a Zarra le bautizaron Telmo. Nadie ponía Telmo a un crío fuera de Bilbao. Era un nombre brusco, una armadura para la vida. Si en los años veinte te llaman Telmo y te apellidas Zarraonandia, tienes tres caminos: bajar a las minas, trabajar en los altos hornos o jugar para el industrioso Athletic Club. Todas esas profesiones dependían y, en el Athletic aún dependen, de los obreros vascos. Zarra como la mayoría de los grandes futbolistas de su época lleva una zeta, doble erre y el resto vocales. Eran jugadores monosilábicos y monolíticos. De acero o piedra. Su pronunciación evoca un tiempo del futbol en el que ya no viven jugadores para contarnos cómo era. Casi otra especie a la que un siglo después llamamos primitivos y estudiamos como al eslabón que nos lleva a Messi o Cristiano, que esta temporada lleva 20 goles en once partidos de Liga. En Zarra como en Pichichi, hay suficientes restos para explicar la evolución. De las mandíbulas cuadradas a la sonrisa Colgate. De la piel de res a los Nike mercurial, de los fomentos con vinagre a la resonancia magnética y del estómago de cerdo hinchado, al puñetero Jabulani. Con frecuencia se dice que aquellos jugadores, hijos de mineros y herreros, no podrían triunfar en nuestra época y que estos, hijos del marketing, no serían capaces de levantar un balón en aquellos lodazales. La evolución no está en el futbolista, está en el juego y en el mercado. Messi y Cristiano, aunque Adidas y Nike se empeñen en modernizarlos, son dos futbolistas clásicos. Igual que Pichichi y Zarra, podrían triunfar en cualquier época.  

 

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