Cartas oceánicas

Matriarcado

A 100 días del Mundial el entorno de la selección nacional se engalla y discute sobre liderazgo. Una situación incómoda que alimenta el divisionismo precisamente como consecuencia de una prolongada ausencia de líderes. Pocas versiones del famoso Tri, o ninguna, se han alineado con algo parecido al liderazgo. Buenos futbolistas como Blanco o Márquez han habido. Pero si por líder interpretamos a Charlton, Baresi o Beckenbauer, el futbolista mexicano y sus entrenadores están muy lejos de entenderlo. Justo ayer, por cierto, el capitán que con sus heridas estigmatizó al gran Barça de nuestra época renunció a los dos años de contrato que le quedaban. En un arrebato de honestidad Carles Puyol prefirió mantener su liderazgo histórico que seguir cobrando mientras arrastra una rodilla que lo está matando. El Barça lo enterrará con los honores de un líder. Sin malinchismos, este tipo de confesiones publicas y no bravuconadas de barrio son los que incuban en un equipo el liderazgo. Puyol dejó muy alto el listón a sus actuales compañeros y a los que vengan. Igual que Ryan Giggs, Casillas o Javier Zanetti cuando abandonen el club de su vida dejarán al interior un perfil con que alinearse. El liderazgo del United, Madrid o Inter se heredará a partir de ellos, de la misma forma que ellos lo recibieron de Roy Keane, Raúl o Giuseppe Bergomi. Pero el futbol mexicano es un futbol que vive de su selección y la promesa del Mundial. Clubes, directivos y futbolistas se amamantan de ella como si fuera el único camino al éxito o la única expresión de grandeza que acepta nuestro futbol. Este matriarcado, jugar al futbol para servir a la selección nacional mexicana, una institución anémica, distorsiona el concepto de liderazgo. 

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