Cartas oceánicas

María

Las imágenes de María González, marchista mexicana desmayada al cruzar la meta, no son nuevas. Hace mucho tiempo que las mujeres llevan el peso de nuestras delegaciones deportivas. Su demostración de coraje ha llegado hasta el cansancio: ahí está María. Si resulta complicado destacar, recibir apoyo y difusión para cualquier deporte en México que no sea futbol, peor lo tienen ellas, aun en futbol y también, en cualquier deporte. María tuvo que desmayar para que medios, aficionados y columnistas supiéramos que existía. Nos falta vergüenza deportiva porque su dramática victoria del domingo por la mañana, terminó siendo utilizada el domingo por la tarde como correctivo para la selección nacional mexicana que juega la Copa Oro. Al final del día todo acaba en el futbol. Comparar al futbol y los futbolistas con otros deportes y deportistas es un tópico de mal gusto. El mismo que se utiliza para demostrar mediante números, audiencias y auditorias, que al aficionado mexicano no le interesan otras historias y deportes que no tengan que ver con patear un balón. El futbol es maravilloso, primero, porque es un deporte que puede practicarse con amigos, vecinos o familiares en cualquier lado y segundo, porque es hereditario. Se heredan colores, pasiones, ídolos y rivalidades. Forma parte de una cultura. Alguna vez la marcha mexicana también fue un eje cultural. Caminar, andar, recorrer kilómetros para llegar a cualquier sitio, está comprendido en el esfuerzo diario de los ciudadanos mexicanos. Desde el niño que carga la mochila de su casa a la escuela rural, hasta el abuelo que vuelve de la milpa. Ayer tuvo que desmayarse una mujer para recordarnos que somos un país de grandes caminantes. Nuestra afición debe avanzar.  

 

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