Cartas oceánicas

Madrid: del barrio al universo

Ya no quedan secretos en Madrid, los que había, fueron revelados con la llegada de Simeone a la ciudad. Ninguno de los equipos actuales, hablamos de todo el mundo, se enfrentan tantas veces como Atlético y Real Madrid. Entre Ligas, Copas, Champions y Supercopas, llevan jugando a razón de un partido cada dos meses durante el último año y medio. Y desde luego, ninguno fue amistoso. El de ayer, doceavo en casi dos temporadas y después de tantos triunfos y desgracias, no podía arrojar otro resultado que el cero a cero. Entre el juego brusco y el grave, el Calderón fue una lucha de pandillas defendiendo territorios. Obligados a correr para sobrevivir a la eliminatoria, llevaron el futbol a ese estado de tensión en el que se pierde la claridad. Trabados desde el vestuario, fue el Madrid el primero en suavizar las cosas. Un poco de James en forma puede tener mucho de fondo y a eso se agarró su equipo. Consciente todavía de los golpes que se llevó la última vez que pasó por el barrio, el Madrid se fue descubriendo en el campo con la serenidad que da tener la pelota. Superado en los primeros 30 minutos, el retador soportó al campeón sobre la meta de Oblak: un guardameta joven con facha de viejo que aguantó el embate como un veterano de guerra. Salió con vida el Atlético del primer tiempo rumbo al segundo donde ejerció de local y emparejó las cosas. En parte porque tiene la suerte que acompaña a los equipos humildes, terrestres, y en parte, porque tiene jugadores de primer mundo: Arda, Griezmann, Godín, hasta Mandzukic y lo que queda del buen Torres, rescatan a este club en la periferia de los grandes. A esto es lo que obliga la Champions a los madrileños: convertir un duelo civil en una batalla universal.

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