Cartas oceánicas

Osorio y el movimiento de rotación

La última etapa de la selección el debate se centró en la conducta del entrenador, México discutía si el comportamiento de Miguel Herrera, sus preferencias políticas, su cuenta de Twitter, sus contratos comerciales y su excesiva exposición pública, afectaban el rendimiento de su equipo. Herrera, que había sido contratado para dirigir un grupo de futbolistas, se había convertido en el centro del espectáculo. Aquella historia terminó muy mal: con un técnico sobreexpuesto, fuera de sus cabales y un medio futbolístico dispuesto a exponerlo. Así que México buscó otro perfil de líder, un entrenador que alejara los focos de la prensa poniéndolos sobre el campo. Se eligió a Juan Carlos Osorio, educado, correcto y enemigo del show. El debate se alejó del entrenador, ahora, el medio debía acostumbrarse a la figura de un hombre aburrido, experto en sistemas, planificación de entrenamientos, discursos interminables y charlas técnicas. Superado el tópico de la nacionalidad, Osorio no representaba ningún riesgo, sus comparecencias públicas se limitarían a una estricta discusión deportiva. La única polémica durante los primeros meses estaría sujeta a resultados, pero éstos, resultaron ser muy favorables. Con diez partidos invicto, nueve victorias y un empate, la figura del entrenador se volvió aun más aburrida. No había nada trascendental que discutir más que el juego, y esto parecía no ser tan divertido. Hacía falta encontrar una controversia dentro de un entorno positivo para poder discutir de algo. Se eligió el tema de las rotaciones, un movimiento que los europeos resolvieron hace un buen rato, como el tema de moda en el futbol mexicano. Ya no importa que la selección gane, ahora lo que importa es que no rote.

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