Cartas oceánicas

Ilusión óptica

El poder temporal del futbol modifica la realidad de sus pueblos. Guatemala sometió durante noventa minutos a Estados Unidos, pero al día siguiente, todo seguía igual: el inmigrante se llevará un buen recuerdo del partido en el morral, pero el magnífico resultado del partido no evitará que emigre. Lo que su selección consiguió en un momento, al ciudadano guatemalteco puede costarle una vida. Las victorias grandes de países pequeños, son el maná del juego, y si esos triunfos vienen adobados por un componente social, mucho mejor. El negocio de FIFA consiste en distorsionar la realidad. De ahí que en países subdesarrollados, FIFA haya cobrado tanta influencia, y sus selecciones nacionales adquieran poderes curativos. El conflicto surge cuando el aficionado pretende que su selección modifique el estado de las cosas: que ejerza de país, defienda la patria y los derechos de la gente. La única selección que provocó un ligero contagio en la moral de su pueblo cambiando el curso de la historia, fue la Alemania del 54, campeona mundial en la posguerra. Que el futbol de selecciones nacionales sirve para dar esperanzas, honor y progreso a los pueblos, es una aberrante idea que la nueva cultura de FIFA, sus afiliados y los medios, debemos desechar. Al final del partido en Guatemala, David Faitelson escribió que Estados Unidos había perdido ante un “cualquiera” en lo futbolístico. Su opinión causó indignación en la competitiva federación guatemalteca, cuyo ex presidente y su secretario general —que además era magistrado en la Corte Constitucional de Guatemala—, siguen arrestados en Estados Unidos acusados de crimen organizado. Los directivos de futbol cruzan las fronteras sin el valor de tantos inmigrantes. 

 

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