Cartas oceánicas

Hombre de palabra

Jugaba en esa zona donde es urgente hablar, hablarle al compañero, discutir con el árbitro, gritarse con el rival y después, no callarse nada. Hablar en nombre del equipo, platicar con el presidente, charlar con la prensa y dar la cara al aficionado para terminar, otra vez, volviendo a hablar en el campo. Diego Pablo Simeone, Buenos Aires 1970, nació entrenador. Se sabe cuando un futbolista terminará siendo entrenador no por cómo juega, sino por lo que dice jugando. Simeone tenía palabra. Era aquel centrocampista que aparecía en todas las disputas, no faltaba a una, entonces quitaba la pelota, la entregaba siempre juicioso y luego tenía disparo, a veces llegada y ocasionalmente remate. No era su futbol, muy responsable, el que lo hacía indispensable para todos sus entrenadores sino su enorme equilibrio, era, sí, un tremendo equilibrista. Capaz de capitanear el agresivo contraataque de Antic en el Atlético, el cavernario sistema de Bilardo o el secretismo de Basile y Eriksson; como de cerrar con carácter las puertas de vestuarios donde se cambiaban Maradona o Ronaldo. Los principios que el futbol, equipos y personajes de esa época dieron a Simeone los respetan sus jugadores en ésta. Le creen. Pero sobretodo le admiran. Un club sin un técnico o ex jugador admirable no va a ninguna parte. Confianza y personalidad, eso y un enorme sentido común entre lo que se vende y se compra, lo que se dice y se calla, lo que se ataca y se defiende, lo que se pierde y se gana, es lo que hace del Atlético de Simeone líder en la Liga y el equipo más en forma de Europa junto al Bayern de Guardiola. Cuando nos preguntamos de dónde salen entrenadores así la respuesta está en la palabra. Jugador de palabra igual a entrenador de palabra.  

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