Cartas oceánicas

Hombre de campo

Carlo Ancelotti, hijo de agricultores, utiliza las manos para arreglar en su campo las raíces del futbol moderno que descomponen jugadores, enloquecen directivos y confunden aficionados. Italianísimo, con la mano izquierda convence y con la derecha gobierna. Puede ser el padre que aconseja y recompensa con un beso, o el jefe paciente que levanta la ceja y encoge los hombros para pedir una explicación. Nunca un gesto de más. Gestiona el cariño con firmeza y la autoridad con armonía. No despilfarra el liderazgo que le otorga su equilibrio. Sigue siendo un mediocentro puro, conserva los hábitos que hacen de esta posición el eje de un club grande. Como jugador Ancelotti era trabajador, discreto y exacto. Se equivocaba poco, decidía mucho, pasaba bien y le buscaban todos. No era la figura del Milán, pero fue la sombra de aquel estilo revolucionario que funcionaba con sensatez. Ancelotti mantenía en orden las ideas de un sistema que necesitó idealistas como Sacchi, genios como Gullit, príncipes como Van Basten, civiles como Costacurta, monumentos como Baresi, ídolos como Maldini y dictadores como Berlusconi. En medio siempre estaba él. Alrededor suyo se han alineado políticos, nuevos ricos, viejos ricos, divas, rock stars, juveniles, veteranos y promesas. Para todos Ancelotti ha tenido una lección. El futbol que suele buscar explicaciones en cada triunfo y derrota, se topa con un hombre común que entiende el juego con sencillez. Ancelotti huye de la filosofía de Guardiola, la omnipotencia de Mourinho, la ciencia de Bielsa o la elegancia de Wenger. Dirige al Real Madrid, un equipo considerado todopoderoso y soberbio, como lo que en realidad es: un grupo de muchachos a los que hay que educar por las mañanas. 

 

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