Cartas oceánicas

Herrera: daños a terceros

Ningún jugador salió tan dañado del siniestro verano de la selección nacional como Héctor Herrera. Uno de los caballos de hierro en Champions, ha perdido claridad, no encuentra el ritmo y arrastra las piernas: está oxidado. Su posición, de las más industriales del futbol europeo, requiere una pretemporada natural, necesita tiempo para recargar los músculos y despejar la cabeza. El juego de Herrera, mitad fibra y mitad talento, que tanta armonía aportaba, no termina de engrasar. Sin descanso y una recuperación adecuada, es muy complicado encontrar la forma ideal. Con 3,443 minutos en 46 partidos, fue el jugador mexicano más utilizado la temporada anterior, incluyendo a los que jugaron la “desgastante” Liga MX. Son números de mediocampista infalible, no admiten sospechas ni puede dudarse de su valor. Víctima del calendario y una pésima planeación del cuerpo técnico que gestionó Copa América y Copa Oro, Herrera fue desprogramado: terminó a tope la campaña, paró, arrancó, se concentró, jugó, lo desubicaron, perdió confianza durante un torneo corto, malo, y volvió a parar antes de incorporarse al Porto con la Liga casi por empezar. Por ahora lo extraña más su club que la selección. Tener jugadores titulares en Champions es un lujo para cualquier entrenador nacional, pero al mismo tiempo, su correcto aprovechamiento es una responsabilidad. Hasta ayer, fuera de una convocatoria estelar contra Chelsea en do Dragao, Herrera seguía sin completar un partido con el Porto. De insustituible, pasó a sustituto y ahora a prescindible. A figuras de comprobada regularidad no se les olvida jugar en tan solo unos meses. El ejemplo de Herrera, reventado, es otro caso de daños a terceros provocado por los caprichos de selección.  

 

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