Cartas oceánicas

Guardado, el obrero

Hizo maletas poniendo camino al industrial Leverkusen, destino de obreros. Andrés Guardado, futbolista mexicano criado en Europa se planta. Igual que Hernández, Dos Santos, Ochoa, Vela o cualquiera que ha llegado y continúa trabajando. Su carrera y sueño está aquí. La suya es una generación a la que han llamado frágil, exquisita. Típico juicio del Azteca, estadio de lamentaciones. Si no triunfas con la selección nuestro gran templo te condena: perdedor, traidor. No se ha entendido todavía la culpa que la selección nacional es capaz de provocar al futbolista mexicano. Seguimos creyendo que por encima de la selección no hay nada. Que vivir de ella y para ella es el único objetivo del jugador profesional. Falso matriarcado. La selección, hace falta que insistamos, es otro equipo de futbol “privado”. Utilizado como generador de ingresos que en su caso, tiene licencia para explotar comercialmente el nombre de México, sus colores, himno, escudo y protocolo oficial. Esa transacción en complicidad con Blatter (suizo), funciona mejor o peor dependiendo el país. Pero en México se ha llevado hasta las últimas consecuencias. Al grado de parecer chantaje. Porque ninguna tierra usa su selección como latifundio de una empresa. Ni el futbolista que niega uniformarse de niño héroe es enemigo de la Patria. En ocasiones todo lo contrario, sería caudillo del cambio. Carlos Vela es un valiente manifiesto. Guardado entonces llega al Bayer Leverkusen. Para algunos con la obligación de morir por la selección en el Mundial y para otros, con la oportunidad de levantar el nombre de México, pero lejos de él. Jugar por una selección “privada” no lo hará peor ni mejor mexicano. Triunfar en Alemania como uno de los nuestros, quizá sí.  

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