Cartas oceánicas

Generación del 98

La selección francesa de futbol ganó mucho más que un Campeonato del Mundo en su país, aquel estupendo equipo encabezado por un genio heredero de argelinos, representaba con exactitud los sentimientos de un pueblo que avanzaba como siempre, y antes que ninguno, a la nueva composición social europea. Francia, jugando con mucha alegría y sentido de nación, logró identificar bajo la piel de su uniforme a futbolistas de procedencia tan diversa como enriquecedora.

La generación del 98 promovió un legado más humano que deportivo, convirtiéndose en el equipo más audaz, admirado y emblemático de la época. Los franceses habían encontrado un estilo de juego basado en la grandeza de su mestizaje, los ritmos de sus colonias, el espíritu de sus inmigrantes y la valentía de sus antepasados. Tenía todo lo que una selección necesita para triunfar: libertad, igualdad y fraternidad. Aimé Jacquet nacido en el Valle del Loira, pintó de azul y rojo un cuadro con Barthez, Blanc, Lizarazu, Thuram, Petit, Desailly, Karembeu, Deschamps, Leboeuf, Guivarch, Lama, Candela, Vieira, Pires, Henry, Diomede, Boghossian, Trezeguet, Charbonier, Dugarry, Djorkaeff y el inolvidable Zidane.

La obra maestra del futbol francés, era de origen galo, caribeño, latino, caucasiano y africano. Aquella asamblea ideológica, religiosa y cultural, nunca vista en el deporte, reforzó un espíritu reformista e integrador, y frente al mundo, levantó un título que simbolizaba el triunfo de su estado. Pocas veces en la historia un equipo de futbol había asumido con tanta responsabilidad, sensibilidad y nobleza, las obligaciones sociales y políticas de una selección nacional. Francia, desde París, seguía enseñando el camino al resto de Europa. 

 

josefgq@gmail.com