Cartas oceánicas

Domador de dragones

Un metro ochenta, setenta kilogramos de peso. Empaque macizo y larguirucho para un enorme talento. Sin levantar pasiones ni producir un fenómeno fan, la figura de Héctor Herrera huye del mediocre debate futbolístico que divide al aficionado entre “chicharistas” y “antichicharistas”. Un debate más estúpido que mediocre cuando se utiliza la palabra mexicano como argumento. Herrera pasa desapercibido en las polémicas rinconeras. No alcanza al aficionado de esquina que le concede como única razón para seguirlo, ser compatriota. Su fútbol es más profundo, no se trata de un acercamiento superficial al juego. Imperceptible a gran escala, es el tipo de jugador mejor valorado en los despachos técnicos, donde el juego genera unanimidad. Héctor Herrera ocupa una de las posiciones decisivas en el futbol europeo. La de mediocentro más que una posición, es una profesión. Lo que en términos llanos entendemos como oficio. La cátedra de Pirlo en la Juventus, la institucionalidad de Busquets en el Barça, el apostolado de Alonso en el Bayern, o la necesaria evolución de Kroos en el Madrid, nos dan una idea de la influencia que los grandes clásicos conceden al mediocentro. Son los peritos del futbol. Trascendental en el andamiaje de campeonatos, su implicación en el funcionamiento del equipo es máxima. Herrera es el mediocentro del Porto, un equipo con suficiente talante para llamar la atención entre los grandes. Su inicio de campaña es impecable. Julen Lopetegui, técnico acostumbrado al desarrollo de talento, encontró en Herrera ese punto de madurez post Mundial para darle las llaves que abren y cierran do Dragao. Un domador de dragones. El invierno es largo, Champions, Copa y Liga, el año del mediocentro será fascinante. 

 

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