Cartas oceánicas

Compañeros de Juegos

El domingo al apagarse el fuego seremos cuatro años más viejos. Medir la vida por ciclos, mundialistas y olímpicos, es una manía que tenemos algunos. Crecí viendo la película oficial de Moscú 1980. Durante un tiempo al llegar del colegio ponía aquel Betamax y lo iba adelantando o retrasando en las escenas que más me gustaban. Play, pausa, forward, así guardé a mis primeros atletas olímpicos: los mediofonditas Sebastian Coe y Steve Ovett, el velocista Pietro Mennea, la saltadora Sara Simenoni, el entrañable peleador Teófilo Stevenson, el nadador Vladimir Salnikov y la veterana de 19 años Nadia Comaneci. Desgastada de tanto mirarla, esa cinta llena de deportistas y la magia de una videocasetera, me ayudaron a entender el valor del tiempo: no podía controlarse, había que tener paciencia y esperar los próximos Juegos. Cuatro años después, como un vendaval, llegó Carl Lewis; apareció un joven llamado Michael Jordan, surgió el albatros Michael Gross, el invencible Edwins Moses, la simpática Mary Lou Retton, el súper hombre Daley Thompson, el revolucionario Greg Louganis, la incansable Joan Benoit y el eterno caminante Raúl González que entraba sonriendo al estadio detrás de Ernesto Canto. Como espectadores de los Juegos coleccionamos recuerdos, almacenamos sensaciones y vemos la vida pasar. Nos damos cuenta que crecimos cuando el atleta tiene nuestra edad, y sabemos que nos hacemos viejos cuando nunca lo volvemos a ver. Al despedir cada una de las Olimpiadas que vivimos cerramos etapas, el ciclo olímpico forma parte del ciclo de la vida, por lo menos de la mía. Esta vez despediremos a jóvenes como Michael Phelps y Usain Bolt, leyendas que vimos crecer y nos enseñaron a envejecer: compañeros de Juegos.

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