Cartas oceánicas

El Código Da Vinci

Brasil deja sombras, algunas ocultas y otras tan largas que siguen ahí. En las tinieblas de la eliminación tres campeones mundiales arrastran baúles por aeropuertos. Entre los excursionistas destaca un pasajero, barba tupida, melena provenzal y facha de vagabundo. Andrea Pirlo se va del Mundial. No extrañaremos a Italia damnificada por la decadencia del Calcio, extrañaremos a Pirlo, víctima de una tierna Italia. Campeón del Mundo en Alemania Pirlo encarnaba el renacimiento. Alrededor de un futbolista bohemio Italia emprendió un movimiento. El último revolucionario azzurri escapó de las cavernas, denunció al catenaccio. Con Pirlo Italia se entregó al talento, desmanteló el sistema y buscó un método que a partir de la gallardía, ofreciera un juego inaudito. Nadie comprendía su Italia delicada. Como Roberto Baggio y Alessandro Del Piero estaba siendo otro mártir de la historia. Abandonó la trinchera y pretendió la belleza. Fue en busca del reconocimiento de la academia que hasta entonces, le discutía a su selección cuatro Copas del Mundo ganadas en defensa propia. Los años pasaron por el lienzo de Pirlo, mientras más viejo se volvía mejor jugaba. Tenía un pacto con su época. El tiempo respetaba a Pirlo, y Pirlo pintaba con el tiempo un cuadro en el campo. Era un paisajista. Desde su mirada particular sedujo extraños, pero nunca convenció a propios. Los centinelas del imperial futbol italiano, cínico y sin vergüenza, siempre desconfiaron de Pirlo. Como a Da Vinci, le escatimaron elogios, le vigilaron el sueldo. Pero su pensamiento seducía al universo. Acumuló tantas ideas que generó una corriente. Dentro de Italia Pirlo será enterrado como artesano, fuera de ella, será velado con los genios. 

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