Cartas oceánicas

La Champions recupera el juego

En pleno desmantelamiento del futbol organizado, la Champions confirma que la única organización viable sigue siendo el juego: dos equipos, once jugadores, tres jueces, un estadio, banderas y un balón. Sencillo, regulado y razonablemente comercializado, es suficiente para mantener vivo el interés de la gente. Pero los concesionarios del futbol siempre quieren más. Manejado como una empresa, sujeto a resultados, dominado por accionistas y obligado a generar utilidades, alcanzó un crecimiento descomunal, pero perdió credibilidad. Una jornada con tribunas llenas, partidos vibrantes, redes sociales desbordadas, dispositivos conectados y millones de televisiones encendidas por todo el mundo, demuestra que sobran directivos -Blatter y Platini no fueron necesarios- pero que el negocio sigue encarrilado y no hay necesidad de detenerlo. Hay demasiado dinero y poder en juego para pensar que sustituir un presidente por otro, cambiará las cosas. La pregunta no es quién debe dirigir al futbol, sino a dónde debe dirigirse el juego. Más partidos, torneos, patrocinios, derechos, medios, promotores, contratos, controversias, intereses, clientes, audiencia y dinero; en resumen más riqueza, inflación y crecimiento. O más reglamentos, vigilancia, transparencia, compromiso y deportividad. La determinación, para quien vaya a tomarla, tiene dos caminos: cambiar el negocio de manos o desinflarlo para recuperar el deporte. Está claro que bajo un sistema de ilegalidad, el futbol se convirtió en el espectáculo más rentable del mundo. ¿Por qué cambiar el modelo si aún frente al escándalo, el aficionado sigue consumiendo el producto? El futbol apegado a deporte recuperará valor, pero perderá dinero. A ver quién se atreve a reformarlo. 

 

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