Cartas oceánicas

Carta de libertad.

A quién pertenecen los futbolistas es un tema que las grandes ligas y los organismos que las regulan tienen muy claro. Si algo bueno ha hecho FIFA a lo largo de la historia es ordenar los sistemas de transferencias en los que ante todo, prima la legalidad, los contratos. Ser futbolista conlleva una serie de derechos y obligaciones, diferentes a las de cualquier profesional porque si el jugador presta un servicio por el que se le remunera, como a cualquiera de nosotros, al mismo tiempo es una propiedad, sobre lo que se ha construido un mito moral. Su trabajo tiene un precio y su cuerpo otro. Asentar contablemente las piernas de una persona, como un activo, casi como materia prima, es una discusión que la ética en este deporte ha superado. Hace mucho tiempo que la palabra “esclavitud”, por más que se siga utilizando para definir la compra venta de jugadores, dejó de utilizarse en el contexto internacional. Ningún futbolista es esclavo y difícilmente los grandes clubes de fútbol trafican con seres humanos. Alrededor de esto se ha construido una leyenda negra. Sin embargo, como en todo negocio, existen casos donde de uno y otro lado, las partes exigen lo que creen que les corresponde. Cuando un jugador expresa su deseo de salir de un equipo se le llama libertad, pero cuando un equipo pide algo a cambio de esa libertad, le llaman opresión. Es curioso cómo el futbolista, o su entorno, negocia a la alza cuando se trata de tasar su salario en base a su valor en el mercado, y cómo negocia a la baja ese mismo valor cuando le interesa que le vendan a otro equipo. El problema del fútbol mexicano, jugadores y clubes, es que tienen sus propias leyes, siempre se alejan del estricto orden internacional. Es caprichoso.

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