Cartas oceánicas

Boy: "Jefe" pluma azul

Cruz Azul, un equipo donde sobran ejecutivos y faltan obreros, decidió mantener en la dirección técnica durante los peores años de su historia, personajes de bajo perfil. Sus elecciones al momento de pensar en un entrenador, atendían más a estrategias corporativas que deportivas. Protegió los intereses de la oficina contra la revolución del campo. El estilo de entrenador que “acomodaban” en Cruz Azul, tenía que ser dócil, ajeno a cualquier polémica y alineado con una grisácea imagen directiva que huye de las pasiones y emociones de un club grande. El banquillo de este equipo se burocratizó al grado de transmitir aburrimiento, frialdad, negligencia y una pérdida total del riesgo. La llegada de Tomás Boy, representante de una raza de entrenadores incómodos, significa un cambio de postura, aunque tardío, en la forma de dirigir la institución. La apuesta por Boy, sin embargo, es tímida. Cruz Azul no se atreve a darle todos los poderes. Su nombramiento por seis juegos en otro típico momento alarmante de campaña, no le garantiza seguir la próxima temporada. La directiva prefiere poner a prueba a un técnico comprobado, antes que verse superada por el carácter de un hombre volcánico. El reto que asume Boy es triple: imponer su recia personalidad, parar un cuadro que está hundido en la cancha y levantar de sus sillones a los oficinistas. Tomás, un tipo que no renunciará a su forma de interpretar el juego y la vida, tiene la oportunidad de trasplantar un corazón al desalmado Cruz Azul. Si lo consigue, y esto, será bajo su propio riesgo, se convertirá en el ídolo que la afición espera y el líder que Guillermo Álvarez había intentado eludir. Tomás Boy debe encabezar la rebeldía, ser el verdadero Jefe pluma azul.   

 

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