Cartas oceánicas

Barrio, puerto y potrero

Dos veces campeona del mundo, principal proveedora del futbol mundial, madre de River y Boca, y abuela de varios más: la selección argentina de futbol, patrimonio del juego, vive una profunda crisis institucional. En menos de un mes renunció a ella el mejor futbolista sobre la tierra, fue abandonada por su entrenador y nadie sabe quién dirige su asociación. La muerte de Julio Grondona, el último padrino del futbol sudamericano, desató una guerra de castas que se mantiene sin control. Alrededor de Grondona se desarrolló un complicado mecanismo de poderes, cubierto por el velo de una heroica casaca albiceleste. Mientras el orgullo argentino funcionara, cualquier cosa se perdonaba. No importaba la violencia en los estadios, el manejo de barras bravas, la erosión de las canteras, el tráfico de juveniles, el enriquecimiento de promotores, la oscura cesión de derechos televisivos, la quiebra de su Liga o las impagables deudas de sus clubes; ahí estaba siempre la selección argentina, seria, comprometida y competitiva, para curarlo todo. Grondona supo utilizar como ninguno, la autoridad que le ofrecía dirigir uno de los cuadros más influyentes del mundo para taparlo todo. Durante décadas, Argentina fue el ejemplo de cómo se construye un cacicazgo en torno a una selección nacional. Su presidente mandaba en FIFA, inclinaba votaciones, ejercía como el ministro que gobierna una secretaría de estado y aprovechaba los favores que ofrece o recibe el futbol. Uno de los grandes tesoros del deporte, el futbol argentino, era un coto privado. Hoy que se enfrenta a la democratización, no sabe cómo comportarse. Afortunadamente, le sobrevive la pasión, el barrio, el puerto, el potrero, y el inagotable talento de sus jugadores.  

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