Cartas oceánicas

Barcelona: Independencia o revolución

A días del 9-N me quedan pocos amigos culés, nos desprendimos cuando pervertimos la discusión sobre el Barça y su balón. Porque en medio de ese juego inolvidable surgía, espontánea o forzada, la idea del FC Barcelona como propaganda política. Aquel Barça irrepetible coincidió en tiempo y forma con la crisis económica y la inflamación derivada. Y coincidió también, con la versión más reaccionaria de Real Madrid, al que la misma perversión ofreció papeletas electorales. El Barça aunque no lo acepte, ha sido panfleto del movimiento independentista. La noble Catalunya, provenzal y profunda, fue engullida por la monumental Barcelona; rebelde, caprichosa y genial. Pocas expresiones sociales provocaron tanto orgullo como el futbol de ese cuadro catalán aplaudido por el mundo. Mítica es aquella frase de Guardiola: “Venimos de un país pequeñito allá arriba, nos hemos levantado muchas veces como equipo y como país, y nos volveremos a levantar. Mirad si es pequeño nuestro país, que desde un campanario se ve el campanario del vecino”. A pesar del desconocimiento sobre las causas reales del movimiento, si el gobierno secesionista que proponía un nuevo estado iba a funcionar con valores tan admirables como los de ese Barça, vanguardista y ejemplar, sería difícil no identificarse. El aparato de promoción funcionaba. Porque el futbol es un instrumento de penetración poderoso y porque el Barça, crecía a la velocidad de las redes sociales. De la misma forma que su juego causaba adhesión, cualquier noticia relacionada con el independentismo rebotaba hasta la Muralla China. El Barça se convirtió en un hashtag del nacionalismo catalán. Lo que para algunos era un equipo revolucionario, para otros era independiente. 

 

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