Cartas oceánicas

El Barça: un juego de niños

Los últimos días ofrecen al futbol mundial -diría que al deporte mundial-, dos momentos esenciales: el desplome de FIFA como organismo y el resurgimiento del Barça como institución. En ambos casos podemos encontrar lo peor y lo mejor del juego. Por un lado la clase directiva y por el otro la clase del jugador. El Barça, hundido a mediados de campaña en una de las peores crisis administrativas de su historia con presidentes enfrentados y demandados, fraudes fiscales y juicios pendientes, fue rescatado por sus futbolistas. Si hoy hablamos otra vez de una organización ejemplar, se debe a los hombres que interpretan el juego, no a los que venden el juego. Si Xavi, Messi, Iniesta, Piqué, Busquets y el resto de sus compañeros, no funcionan como grupo, todo lo demás es accesorio. La institución siempre recae en los futbolistas. Si el entrenador no manda, el capitán no lidera, el mediocampista no organiza, el delantero no marca y el crack no se echa el equipo al hombro, no hay estructura que se sostenga. El verdadero legado del Barça, más allá del juego y los resultados, está en la relación que mantiene unidos a estos futbolistas. El núcleo duro de este equipo lleva jugando junto desde que son unos niños. Frente a esta conclusión tan sencilla: niños que se convierten en futbolistas, después forman parte de un club y con el tiempo construyen un equipo legendario, no hay FIFA que valga. El futbol es un juego sincero, muy humano, que el dinero, los directivos y la ambición, han ido complicando año tras año. No es fácil lo que Messi y compañía han hecho con un balón en el campo, pero al final de la historia, con tantos intereses y atropellos, eso que parece tan difícil, resulta lo más sencillo de todo: jugar al futbol.  

 

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