Cartas oceánicas

Antonio Sancho: el último eslabón

Frágil en el cuerpo a cuerpo, lento, poco técnico y muy delgado. Bajito para el juego aéreo, de escasa llegada, discreto en el disparo, desgarbado en la marcha y tieso en la marca. Evitaba el dribbling, desconocía la gambeta, padecía pie plano y parecía tener las piernas chuecas. El éxito de Antonio Sancho como futbolista, sería un milagro. Pumas debutaba un muchacho con 17 años, gafas, libros bajo el brazo, facha de intelectual y cuerpo de bibliotecario, que se saltaba entrenamientos para asistir a clases, terminar la preparatoria y empezar la licenciatura. Sancho, un jugador educado, suplía sus carencias, incluyendo las del novato, con una madurez inusual para su edad y un enorme conocimiento del juego. En poco tiempo, Pumas se da cuenta que ha parido un futbolista de madera y está criando un capitán. Ubica un lugar en el campo, gana espacio en el vestuario, aprende a leer jugadas, interpretar rivales, resolver problemas al técnico, ofrecer soluciones al compañero, enderezar partidos en medio campo y echarse un equipo al lomo. El novato embarnece hasta convertirse en líder del equipo. Sancho no jugaba, razonaba. Conocí a Toño como estudiante, fuimos compañeros en la universidad. Costaba creer que la estampa de un joven introvertido, analítico y preparado, simbolizara la fiereza de un equipo tan arrojado. Fue el último eslabón en esa cadena de valores que hacían distintos a los jugadores nacidos en CU: estudiantes, deportistas, familiares y mexicanos. Profesionales como Antonio Sancho, hacen falta al futbol. Su trayectoria como directivo, resume su carrera como jugador: honestidad, inteligencia, paciencia y honor. La Final entre Pumas y Tigres, le pertenece tanto como a cualquier jugador o entrenador.

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