Cartas oceánicas

Alma en pena

El movimiento olímpico no enfrentaba un problema tan grave desde el boicot de Estados Unidos y la Unión Soviética a los Juegos durante la Guerra Fría. El caso del dopaje organizado por el Estado ruso en sus atletas era motivo suficiente para que el COI no dudase ni un instante en tomar una decisión sobre la expulsión de Rusia, la cual se demoró demasiado y al final no se llevó a efecto. La simple duda daña de forma irreparable la credibilidad de un organismo que depende de un espíritu transparente, limpio y juvenil. Si la cúpula del deporte universal no es capaz de defender sus valores ante una potencia como Rusia, entonces el futuro del deporte está en serio peligro. En tiempos donde la corrupción, la desigualdad y la ambición desmedida han puesto en jaque a instituciones de todo el mundo, el COI, como uno de los garantes de la humanidad, tenía la obligación de dar un paso al frente, justo, implacable e inmediato, en la lucha contra la cultura de la trampa y la descomposición social que genera. Al mundo le sobreviven pocas instituciones en las que se pueda confiar, el COI parecía una de ellas, pero a escasos días de unos Juegos Olímpicos, le siguen temblando las manos. Tras el escándalo asoma la amenaza de un conflicto de intereses que el COI quiso evitar: las consecuencias de la expulsión de Rusia en Río 2016, abrirían una disputa con una potencia a la que considera clave en su negocio. Ningún problema sería tan grave para el COI como el hecho de atentar contra su propio movimiento, pero eso es lo que está sucediendo: por un lado mantuvo a los rusos dentro de los Juegos (a excepción de los competidores de Atletismo), y por el otro, está permitiendo que una tenebrosa duda se apodere de ellos. El espíritu olímpico es un alma en pena. 

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