Cartas oceánicas

Alergia vs alegría

Colombia tiene una personalidad encantadora. Comparece en los inaccesibles cuartos de final con un equipo vivaracho, jacarandoso. La encabeza un juvenil de 22 años, ese futbolista pop, que desata pasiones entre analistas. James, con 5 goles en 4 partidos, enfrenta a Neymar. Otro ídolo precoz que renunció a su adolescencia cuando Brasil hizo constitucional su tutela dispensándole el servicio militar a cambio de sostener como jugador el costo del Mundial sobre sus hombros. Brasil recibe a Colombia en un partido histórico. Porque la historia juega en contra de estos brasileños marciales y juega a favor de un grupo de colombianos insurrectos. La Selección Brasileña de Futbol, con mayúsculas, jamás ha sido recordada por sus entrenadores. Apenas los necesitó para ordenar el balón parado, dirigir el calentamiento, poner los horarios de la cena o practicar la táctica fija. La historia del Scratch es libre, autodidacta. Pero Scolari se empeñó en hacer de este equipo patrimonial, un bien privado. Casi un capital político para una nación que reclama un rendimiento sobre su inversión. La tensión de Brasil en el Mundial, se contagia de persona a persona. Jamás el futbol en este país, tan natural, había sido una epidemia colectiva, tan sintética. A Brasil le causa alergia el juego, no alegría. Lo mismo sucede con los alemanes. A quienes la moderna persuasión de su futbol produce estrés. Francia con una selección insolente, inmadura y frágil en la historia reciente, reta a la Alemania modernista. Su partido se jugará en dos épocas, sin diplomacia, será una revolución entre clásicos. Los cuartos de final hoy, sin contar la era de Messi, parecen dos tomos de las sagradas escrituras del Mundial. Son el nuevo evangelio.  

 

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