Columna Invitada

Viola enluarada

En los últimos minutos del partido donde México aplastó las pretensiones de Croacia, los rostros de los jugadores a cuadros parecían fotografías en blanco y negro, con la soga al cuello y uno no podía menos que recordar que las corbatas descienden precisamente de las cravats que usaban los mercenarios croatas del siglo XVII. Les dio por cometer falta tras falta y se amparaban en el misterioso afán con el que más de un árbitro ha anulado goles a México desde que empezó el torneo. Poco antes de que la fortuna y el empeño de los jugadores mexicanos lograra superar la ceguera increíble ante un obvio penalti, cuantimás que a los defensas croatas les da por extender automáticamente los brazos en cuanto el balón amenazaba su portería, hubo un instante de silencio que se proyectó en todas las pantallas del mundo. Una toma sin sonido que sin embargo se podía deletrear por sílabas. Los croatas parecían descendientes directos de su peor pretérito, de cuando confundidos se unieron a las filas nazis y su uniforme, lejos de ser una cuadrícula de mantel para día de campo, parecía funda de la comida purina para cerdos. En uno de esos instantes, las cámaras del mundo no pudieron evitar que miles de espectadores leyéramos los labios de un desesperado croata, retando a Rafael Márquez, capitán de México, con un ya políglota y enfurecido Puto.

Es de esperarse que la FIFA intente corregir su estulticia, y contraste el nefando grito con el que los aficionados mexicanos aúllan Puto cada vez que el portero rival despeja desde su portería (y ahora, nomás porque lo provocaron con sus amenazas gramáticas) cada vez que cualesquier jugador rival cobre una falta con rumbo al área y sopesar entonces el odio en la saliva, la mirada frustrada y la auténtica actitud cerda del tal Jelavic, con apóstrofe en la c final. De hecho, el entrenador y no pocos jugadores croatas se habían ido de lenguas en días pasados e incluso afirmaban que la Selección Nacional Mexicana debería estar temblando antes del encuentro, donde en realidad se confirmó eso que llaman serenidad y cierta dignidad: el equipo de México no ha caído en provocaciones ni en la cíclica desesperación que nos ha sumado tanta frustración en sucesivos mundiales y demás torneos. Márquez encarnó en ese instante ante Jelavic la estoica confianza en sí mismo, la elegancia y donaire de quien —chismes aparte— se ha consagrado como un jugador caballero, una flecha que se lanza al ataque en cuanto cumple con las cuadrículas de la defensa y comandando hoy al equipo verde, con uniforme de combinación improvisada, que hizo lo que tenía que hacer. Nada menos. Nada más.

Pero no le muevan, que estamos al filo de que nos colmen el plato. Es sumamente sospechoso que días después de haber cometido errores abismales al anular dos goles legales de México, el árbitro colombiano no sólo sea expulsado de la FIFA, sino sospechoso de haber recibido sobornos en una cuenta bancaria ahora congelada en el silencio y amnesia de lo que ya nadie quiere mencionar. Es sumamente sospechoso y condenable la descarada manera en que el árbitro del partido de hoy, (un tal Ravashan Irvatov de Uzbekistán) contra toda ley del astigmatismo y la miopía, simplemente no vio las manotas con las que el defensa croata interrumpió el vuelo del balón, sabiendo que era penal, en ese afortunado albur que siempre ganan los bribones y que los posteriores goles de México —inapelables—silenciaron en el olvido.

Pero la verdad, es que aquí nadie olvida y más cuando se trata de un Mundial que está en el aire como el nuevo ánimo de los tiempos: cualquier equipo de los llamados chicos puede hacer precisamente la chica y la globalización de los clubes millonarios ha provocado una rara combinación donde lo que menos importa es la bandera o los himnos nacionales de los respectivos jugadores, sino los equipos europeos donde militan. Visto así, se nota el agotamiento físico de muchos jugadores sensacionales que vienen de jugar más de ochenta partidos oficiales en sus respectivas ligas a contrapelo de los heroicos lances de costarricenses, australianos o ghaneses desconocidos capaces de hacer un milagro en dos patadas. Es probable que ni los árbitros imaginan que un equipo de Concacaf, apoyado por cientos de chapulines colorados, caballeros águila con celular entre el plumaje y treinta mil camisetas verdes que cantan “Cielito lindo” sea capaz de horadar el queso holandés, tal como ya le hicimos tequila la cachaca brasilera.

No le muevan, que hasta ahora ha sido encomiable la ecuanimidad y el temple con el que Miguel Herrera (el entrenador peor pagado de este Mundial) ha logrado equilibrar y ecualizar los egos y las ambiciones del equipo de México, con diez o más jugadores que militan en equipos europeos en conjunto con otros tantos que no han salido de Silao y así lograr una actitud y una férrea voluntad que se fertiliza con la sola idea de hacer historia y responder así a una de las aficiones más necias, festivas, empecinadas y conmovedoras del planeta. Juegan ahora desprovistos de los traumas del yamerito y son capaces de mirar a la cara a quien les dice Puto en su propia cara, son capaces de mantener las líneas de una disciplina colectiva y abrir espacios en una trigonometría tradicionalmente reprobada en las escuelas de la comarca lagunera.

En 1967, el cantante y compositor Marcos Valle se encontraba en Nueva York grabando un disco que se llamó Samba 68. Ese poeta fue amigo de mi padre y, al año siguiente, en el llamado Maracanzinho (auditorio aledaño a la catedral del futbol, Maracaná) mi padre asistió a la final de un concurso de canciones donde miles de brasileños gritaban a coro las letras de Marcos Valle, aunque se sabía que el jurado (afín a la dictadura militar que gobernaba Brasil en ese entonces) negarían el primer lugar. La canción en cuestión se llama “Viola enluarada” y más o menos dice que si fuera preciso, la mano que toca una guitarra puede matar al mundo, herir la Tierra. La voz que canta una canción, si fuera preciso, canta un himno y exalta la muerte. La guitarra a la luz de la Luna, viola enluarada, en la noche de los campos es como una espada y esperanza de venganza. El mismo pie que danza la samba, si fuera preciso entra en combate capoeira. Quien sabe que cuenta con algún compañero en el corazón de la noche, sabe también que la paz es pasajera y para defenderla, se levanta y grita. ¡Yo voy! Mano, canción, espada y la guitarra a la luz de la Luna, viola enluarada, portando la bandera capoeira desfilando van cantando Libertad, libertad, libertad…

México está hoy en la luminosa sombra de los equipos inesperados donde nadie, ni sus propios directivos, tenían seguridad en sus propósitos y posibilidades. El Mundial de Brasil ha de liberar precisamente las mentiras y abusos de la FIFA, el oprobio de sus ganancias millonarias que contrastan con las miles de voces que protestan afuera de los estadios por el sinsentido del despilfarro a contrapelo de carencias en seguridad social, seguridad a secas, escuelas y transportes. México está hoy a la luz de la Luna, sabiéndose acompañada por la ilusión de millones de niños y aún desengañados aficionados que desearíamos que una actuación histórica ayudase a limpiar el fango de nuestras ligas, la recalendarización de los torneos sin el marketing de la llamada liguilla, la resurrección de los torneos de reservas y la mejor canalización vocacional de las fuerzas inferiores. México está en posibilidades de desmitificar el orden acostumbrado —al igual que otros equipos raros—donde sólo los ocho campeones se repartían las apuestas y por lo mismo, en serias posibilidades de seguir brindándonos una más, una auténtica alegría.