El cuaderno de Jimena

Nostalgia

México 86 es a Argentina, como México 70 a Brasil. Solo una sede mundialista, de las dieciséis que han existido, puede presumir contar entre sus miles de anécdotas, haber tenido a los dos más grandes futbolistas de la historia consagrándose en un recinto legendario. Hace 47 años, México experimentaba los rezagos del llamado milagro mexicano, el desarrollo estabilizador terminaba y la crisis económica comenzaba. Aun en dicho panorama, para muchos historiadores del futbol, aquel fue el mejor torneo de todos los tiempos. Lo que sí es un hecho, es que marcó el inicio de la era moderna de las Copas del Mundo; fue la primera transmitida a color por televisión, lo cual permitió al planeta palpar el verdeamarelha de la selección más espectacular jamás vista y conocer a la tarjeta amarilla y roja. Fue el escenario de la consagración de Pelé, conquistando el último de los Jules Rimet, y auspició el llamado partido del siglo, con aquella semifinal Italia-Alemania y un Franz Beckenbauer con el hombro dislocado. Dicho antecedente hizo que la FIFA no dudara en concederle de emergencia el Mundial del 86 a México, tras la renuncia de Colombia como sede. A 16 años de la primera gran fiesta futbolera en el país, la afición mexicana fue fiel reflejo del sentir del pueblo nacional, y en el partido inaugural en el Azteca decidió mostrar el desprecio que existía hacia Miguel de la Madrid. El ex presidente había heredado una nación en recesión, pero peor aún, fue el responsable directo del mal manejo del gobierno durante la crisis del terremoto del 85. Los protagonistas fueron una “mano de dios” y el gol del siglo. La justa fue el escaparate idóneo para una sociedad que buscaba ver hacia adelante. A 31 años algunas cosas no han cambiado, el pueblo tiene el gobierno que merece; pero para un mundo globalizado, tecnológico y bajo el cual un magno evento de 48 selecciones puede ser blanco de terrorismo, seamos honestos, México está bien con 10 partidos. 

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