El cuaderno de Jimena

El legado

La Olimpiada XXXI culmina con la celebración de unos nuevos Juegos de la era moderna. Los primeros en América del Sur, pero también los primeros que representan un verdadero parteaguas en el legado que deja el organizar la máxima justa deportiva. Los JO han pasado en más de dos mil años de historia, de rendirle culto a Zeus, a la búsqueda de la unidad humana. Edición tras edición, instauraron el deporte como modelo de educación gestando al olimpismo como una filosofía de vida, pero hoy, de cara a Río, nos enfocamos en la coyuntura que vive la ciudad y no en lo deportivo.

A raíz de un reciente documental de la BBC, me pregunto si habrá o no un legado, tal y como sucedió con varias otras sedes como Barcelona, que reactivó zonas olvidadas de su ciudad e incrementó su turismo; Lillehammer, que sentó un precedente en materia de ecología; Vancouver, que hizo mejoras en su transporte, o Pekín, que benefició a 400 millones de niños a través de un programa de educación del deporte.

Si bien los Juegos se tratan de ganadores y perdedores, en este caso los últimos serían hasta el momento los habitantes de Río. Viven en una bancarrota del gobierno por los gastos elevados, 600 familias de favelas perdieron su hogar por construcciones, aunado a la corrupción y crisis política. La decadencia de la ciudad se puede ver y oler en sus aguas contaminadas. Así que, una vez que el último atleta abandone la villa, ¿qué quedará del acontecimiento?

Hoy los que juzgan una justa olímpica no son ni el gobierno, ni el COI, son los anfitriones, y por el momento, los cariocas no se encuentran inspirados como generación a través de este evento. Habrá que ver las sensaciones tras 17 días de actividades, ya que la realidad es que no tenemos idea de cómo serán recordados los juegos de Río 2016, unos que a mi parecer son la prueba para ver si se mantiene una ideología que ha sido opacada por los problemas sociales, de salud y de dopaje que aquejan al movimiento. 

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