Contraquerencia

¿Dónde quedó el prestigio?

El pasado 25 de abril se dio un suceso que le dio la vuelta al mundo, el tenor mexicano Javier Camarena fue el tercero en 70 años en repetir una aria en el prestigioso Metropolitan Opera House (Met) de Nueva York. Tras una interpretación magistral y a petición del público y del director principal, Fabio Luisi, Camarena volvió a cantar “Si, ritrovaria io juro”, parte de la ópera La Cenerentola (La Cenicienta) de Rossini.

Para el prestigio del Met, no cualquiera se puede dar el lujo de permitirse un encore como lo hizo el mexicano. Muchos méritos y aprobaciones tienen que coincidir antes de que se realice tal hazaña.

Como el Met, hay otras instituciones a escala mundial de gran prestigio. No cualquiera entra y obtiene un título del Instituto Tecnológico de Masachusets (MIT), o de la Universidad de Harvad. Instituciones de ese calado arriesgan su prestigio si otorgan diplomas sin un riguroso proceso de evaluación. En esencia, el prestigio se resume como la buena fama y la reputación, esas que como cornada en la femoral se escapan de la Plaza México.

La Monumental era la plaza de toros con más prestigio en América, es de las pocas en las que se confirman alternativas, es decir donde se revalida el título de matador de toros. El panorama ahora es muy distinto. Tras ocho corridas de la actual temporada queda claro que cualquier puede estar anunciado, cualquier tipo de ganado se puede lidiar y que los premios no obedecen a ningún rigor que provenga del mérito. El colmo ocurrió el domingo anterior, cuando el juez de plaza Jesús Morales regaló orejas a Federico Pizarro, Uriel Moreno El Zapata y concedió un indulto inmerecido a un toro que para colmo llevaba el nombre de Bomboncito que concidió con su comportamiento alejado de lo que debe ser un toro bravo.

Es tan poco el prestigio de la México que en la entrevista en vivo para la tv y después de recibir el obsequio de dos orejas El Zapata se refirió al “torito” y “los pocos pases que le pude dar”. Un reflejo de la realidad de la México. Milagros tienen que hacer los comentaristas de tv para disfrazar una penosa situación que se desnuda con las escenas en pantalla. Años tarda en construirse el prestigio y la reputación, y muy poco tiempo para acabar con ella. Lo peor es que parece que a nadie le importa. 

jesus.zarate@milenio.com