Contraquerencia

¿Vale la pena el aumento?

El comentario generalizado entre los aficionados en la capital es el sustancial aumento en el precio de los boletos para las corridas en la Plaza México, situación que se intensificó luego del pobre resultado de los dos primeros festejos de la temporada.

El sábado se presenció la peor entrada para una corrida inaugural en muchos años, pero al día siguiente, con uno de los carteles más atractivos que se puede conformar en la actualidad, tampoco se tuvo una gran asistencia, como lo hacía suponer el mano a mano entre Joselito Adame y Andrés Roca Rey.

La pregunta que flota en el ambiente es ¿por qué habría que pagar hasta 80 por ciento más por un boleto? Para empezar la Plaza México sigue siendo un inmueble obsoleto e incómodo, el ejemplo más claro son los baños, en pésimas condiciones.

El cambio más notorio en las instalaciones es el reemplazo de las butacas en la zona de las barreras, y La México es un escenario que comparado con cualquier otro centro de espectáculos queda rezagado a ser considerado como de tercera; a los taurinos nos ciega la nostalgia y no aceptamos las carencias del llamado Embudo de Insurgentes.

El binomio empresarial Sordo-Bailleres tiene hasta ahora como única carta de diferenciación el aglutinar muchos festejos en poco más de un mes, una apuesta interesante, pero sujeta a enamorar a una afición que ha sido víctima de múltiples decepciones.

Si algo hay que reconocer es que en al menos dos corridas se ha mejorado el trapío y la presencia de los toros, algo que debe considerarse como normal para una plaza de gran categoría y que tampoco es para pagar un precio especial.

Pero donde los boletos se vuelven carísimos es cuando la bravura está ausente y se sigue con la misma política sumisa de aceptar los hierros descastados que imponen los apoderados, principalmente los de los matadores extranjeros.

Los toreros quieren minimizar el peligro y las complicaciones, y solo preocuparse de hacer el toreo bonito, aunque para ello el aburrimiento sea lo que predomine; ya no existe nada de primero someter a un toro bravo, poderle con la muleta y luego hacer el toreo de verdad, es imposible verlo en estos días, y encima hay que pagar más.

Recordemos que la casa Bailleres se ha caracterizado por ser agachona ante las peticiones y caprichos de las figuras y parece que en La México se seguirá con la misma postura. 

jesus.zarate@milenio.com