Contraquerencia

¿Por qué será tan difícil?

Voy a tomar como ejemplo la plaza Guadalajara, porque ha sido donde en las últimas semanas he presenciado en vivo, pero bien puede tratarse de cualquier otro coso, con especial énfasis con lo que sucede en la Plaza México.

Este domingo en Guadalajara está anunciado un encierro de Barralva, de imponentes hechuras y seriedad, mismo al que se le ha estado promocionando como el principal atractivo de la corrida con la que se cerrará la temporada. En la México presumieron de igual manera, por ejemplo, la corrida de Barralva del 1 diciembre.

Pero en contraparte, el domingo anterior se cambió en Guadalajara el encierro inicial de Los Encinos porque no cumplía con los requisitos reglamentarios, y en su lugar se lidiaron astados de Celia Barbabosa y San Isidro, muy apenitas en presentación.

Para colmo, de acuerdo con una nota de El Informador en la corrida del 8 de febrero los médicos veterinarios detectaron que los toros de Jaral de Peñas fueron manipulados en sus astas, por lo que la ganadería fue suspendida cuatro años en Guadalajara.

No entiendo como si cuando hay toros auténticos el público está satisfecho y hasta las empresas lo presumen, ¿por qué es tan difícil que esta sea la costumbre y no la excepción? Los toros son un espectáculo caro, y que por su característica poco se puede garantizar, no es como un concierto de música o una obra de teatro en donde se pueda asegurar cierto desempeño. Siendo de esta manera, lo menos que merece quien paga un boleto, es primero que no se le time con toros despuntados, y luego que el ganado sea un espectáculo en sí mismo, el toro de lidia es bello e imponente, eso es lo que debe prevalecer en las plazas de toros.

Cuesta mucho trabajo aceptar que son los propios toreros, que siempre pregonan que se juegan la vida, pero con otra mano en la espada piden toros mochos y chicos. Por ejemplo, ya es descarada la actitud de la administración de Morante de la Puebla, por citar un caso, que a plaza donde acude pide lo más “cómodo” para su torero, en un reflejo de la poca confianza en la capacidad de su torero, pero también en un claro menosprecio al aficionado que mantiene el espectáculo.

Los toreros tendrían que ser los primero guardianes de la categoría de su profesión, y no ser los primeros que se prestan para denigrarla.

jesus.zarate@milenio.com