Contraquerencia

¿Juez o maestro de ceremonias?

Juez, de acuerdo con lo establecido en el diccionario de la Real Academia Española (rae.es) significa  “1. Persona que tiene autoridad y potestad para juzgar y sentenciar. 2. Miembro de un jurado o tribunal. 3. Persona nombrada para resolver una duda. 4. En época bíblica, magistrado supremo del pueblo de Israel.”  Si lo llevamos al terreno de la fiesta de brava, y muy en específico, al de juez de plaza, se entiende que su función principal es las de imponer el sentido de la autoridad a través de la aplicación de sentencias, basadas en conocimiento y ética.

De esta manera, el juez de plaza debe dictaminar cuáles son los toros aptos para lidiarse, debe conocer el reglamento y ser capaz de se aplique en todo momento, antes, durante y después de la corrida.

Tiene que premiar (juzgar) las faenas de los toreros y el comportamiento de los toros. En resumen el juez de plaza es el encargado de impartir justicia, y eso a final de cuenta vela por los intereses de los aficionados.

Después de lo anterior no se entiende el comportamiento del “juez” Gilberto Ruiz Torres, quien fue él mismo que “autorizó” el ridículo encierro de Julián Hamdan y que tantas protestas levantó. También es el mismo personaje que el domingo anterior se le vino en gana regalar dos orejas que poco o nada ayudan los toreros Fermín Spínola y Daniel Luque. Para colmo fue el protagonista principal del numerito de un toro de regalo que protestas del público y del propio matador fue regresado por el empresario a los corrales, para que se le diera suelta a uno que si fuera del gusto del matador y la empresa. Cero autoridad.

Ahora que si preguntamos sobre los exámenes post mórtem a las dentaduras y cornamentas, más de alguno soltará una carcajada.

Pues bien, el juez Gilberto Ruiz Torres no ha mostrado conocimiento para autorizar toros auténticos, tampoco puede imponer el reglamento durante las corridas, no tiene criterio para calificar una faena, y por si fuera poco dudamos de su ética para evitar fraudes como el despuntado. Su comportamiento es más parecido al de un maestro de ceremonias que tiene que quedar bien con los organizadores, sin ponerles complicaciones en el camino, al fin de cuentas eso de los toros con trapío es una monserga. Se tiene que encargar que se corten orejas para que la prensa benévola las aplauda sin crítica alguna. Y por último, tiene que evitar esas molestias suspicacias sobre la edad y el afeitado, y para quitar las dudas, lo mejor es no hacer nada, ni exámenes y mucho menos hacerlos públicos. En este escenario ideal hay una pieza del rompecabezas que no ha entendido todas estas bondades, y es el público que se aleja de los tendidos decepcionado por un espectáculo en donde lo tratan como tonto.

Para colmo, el juez de plaza es un empleado de la delegación Benito Juárez, misma a la que parece importarle poco lo que suceda en la Plaza México.