Contraquerencia

José Mari, por siempre

La mañana del martes llegó con una de las más sorpresivas y peores noticias: José Mari Manzanares ya no despertó. El maestro que fue espejo de las generaciones recientes y que servirá de inspiración para las venideras falleció a los 61 años en su domicilio de Cáceres.

Fue tan sorpresiva la mala nueva, que pilló desprevenido a su hijo José Mari Manzanares, quien se encontraba en México de cara a su compromiso del próximo domingo en la temporada capitalina.

Apenas se enteró del fallecimiento del maestro, tomó el vuelo de regreso. Siempre ha repetido: “El maestro es mi padre, yo soy un aprendiz”.

Y es que no es ninguna exageración el título de maestro para Manzanares, ya que ha sido uno de los toreros más puros que han existido. Fiel a su estilo, que privilegiaba la profundidad más allá de la cantidad, algo poco común en nuestros días. 

Recuerdo que hace algunas décadas, cuando no era común el acceso a videos por Internet, el que tenía una copia de una faena de Manzanares invitaba a degustarla.

Durante las décadas de los 80 y 90 fue común su nombre en las más importantes plazas de nuestro país. Su estilo reposado y de arte puro ganó adeptos de por vida. Sello especial tenían sus chicuelinas, que con las manos muy bajas merecieron tener nombre propio, con la designación de alicantinas, en referencia a la tierra del maestro.

La última tarde de luces fue en 2006 en Sevilla, en esa ocasión y desbordado en lágrimas, su hijo José le cortó la coleta que nunca más volvería a usar.

En activo y en el retiro, José Mari fue un torero para toreros, es difícil encontrar a otro que pueda ejecutar el toreo con ese nivel de belleza y simplicidad, una genialidad irrepetible. Hoy los hay valientes, retorcidos, técnicos, templados y artistas, entre otros tipos, pero ninguno como el maestro.

Manzanares no era su apellido, en realidad se llamaba José María Dolls Abellán, y tomó la alternativa en 1971 en su tierra natal. En 35 años como matador sumó alrededor de 1,700 corridas, pero es imposible dimensionar la cantidad de emociones y admiradores que produjo.

“Qué injusta, qué maldita, qué cabrona la muerte, que no nos mata a nosotros, sino a los que amamos”: Carlos Fuentes.  

 

jesus.zarate@milenio.com